SAN ISIDRO LABRADOR, EL HOMBRE QUE CONTROLABA EL AGUA

El 15 de mayo los madrileños celebran la fiesta de San Isidro en honor al patrón de la capital. Unas fiestas muy concurridas sobre un hombre que es desconocido para muchos.

 Dice el refrán que “San Isidro Labrador quita el agua y pone el sol” por la relación entre la onomástica del santo y el momento en el que empieza el buen tiempo. Además es habitual beber el 15 de mayo el “agua del santo” en la ermita de San Isidro para curar todos los males del cuerpo y del espíritu. Pero ¿de dónde viene esa tradición? Es importante conocer la leyenda y la historia.

San Isidro nació en alrededor de 1080 en Madrid bajo el taifa de Toledo en el seno de una familia humilde de colonos mozárabes que repobló los terrenos ganados por Alfonso VI en la Reconquista. El futuro santo, recibió su nombre de otra figura prominente en la Iglesia, el Arzobispo Isidoro de Sevilla.

Tras quedar huérfano, desempeñó varios trabajos, entre ellos el de pocero al servicio de la familia Vera. En 1110 el emir Alí ibn Yúsuf invade el centro de la península ibérica, obligándole a trasladarse a Torrelaguna. Allí conoció María Toribia (también canonizada tras su muerte) con quien se casó y tuvo a un hijo, San Illán.

En Torrelaguna trabajó como labrador para la familia Vargas y zahorí. Sus compañeros se burlaban de él en muchas ocasiones diciendo que llegaba tarde por ir cada mañana antes del trabajo a rezar a la iglesia. Gracias a las quejas de sus compañeros se pudo comprobar uno de los milagros comunes más famosos de este santo: el milagro de los bueyes. El patrón escuchó las quejas de sus trabajadores y fue a comprobar qué pasaba. Al llegar vio que los bueyes estaban arando solo la parte de campo asignada a Isidro mientras este rezaba.

Con su patrón protagonizaría otro de los milagros; el que le ha dado fama en Madrid: el milagro del agua. En una época de gran sequía, el señor Vargas veía como su campo estaba cada día más seco y no tenía forma de alimentar a su gente. En ese momento pidió ayuda a Isidro, quien sacó su vara de zahorí, la puso en el suelo y del lugar brotó agua. Este milagro es similar al que logró Moisés cuando golpeó una piedra con su cayado para saciar la sed del pueblo de Israel durante el Éxodo.

 

La leyenda cuenta también que un día su hijo Illán se cayó al pozo de la casa construído en el lugar en el que San Isidro había puesto su vara. En ese momento su mujer le rogó a Isidro que hiciera algo para salvarle. Entonces el santo se puso a rezar y el agua del pozo subió elevando al niño hasta la superficie.

El Santo falleció en 1172 y fue enterrado en la Iglesia de San Andrés, en el barrio en el que había vivido toda su vida. Sin embargo, 40 años después de su fallecimiento, el rey Alfonso VIII pidió que se levantara un arca “mosaica” para el santo y se colocara allí su cuerpo como agradecimiento por su intervención en las navas de Tolosa. Su tumba se movió nuevamente en 1789 cuando Carlos III ordenó que la urna que contenía sus restros fuera instalada en el antiguo Colegio Imperial, la actual catedral.

Tuvo que esperar casi 5 siglos para ser canonizado. Fue el papa Gregorio XV quien en 1622 ordenó su canonización, junto con la de Santa Teresa de Jesús, San Ignacio de Loyola, San Francisco Javier y San Felipe Neri.

Por su amor a los animales, al Santo se le representa siempre con un perro labrado o con un par de bueyes y con algún apero de labranza que revelen su profesión. Por sus milagros con el agua, se cree que la fuente de San Isidro tiene propiedades milagrosas y curativas, pues está ubicada en el mismo sitio donde estaba el pozo del que salvó a su hijo. 

La suya es una de esas santidades de lo cotidiano y lo humilde que pregona el Papa Francisco como necesarias para esta sociedad. Un hombre que sentía devoción a Dios y lo demostraba en sus tareas diarias sin pedir nada a cambio.

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